Hay que desconfiar de las promesas de facilidad, como hay que desconfiar de las promesas de felicidad. La felicidad es un estado de ánimo, y el ánimo varía, no es una línea recta, imagen del electroencefalograma plano. Es muy probable que el hombre feliz, además de no tener camisa, no tuviera cerebro. La felicidad esta hecha de pequeñas o grandes desgracias bien sobrellevadas. Y eso se aprende con esfuerzo. Lo de Rilke “¿Quién habla de victorias? Sobreponerse es todo”. También las promesas de facilidad son engañosas. Nada que merezca la pena se consigue sin esfuerzo. Y merece mucho la pena aprender a hablar con elocuencia, porque ya vamos viendo que es el lenguaje lo que nos constituye como personas con personalidad. Somos lo que hablamos y cómo lo hablamos, repitámoslo hasta que se apodere de nosotros. La oratoria es un arte, y al arte se llega dedicándole tiempo, trabajo y técnica. Hasta los que han nacido con el don de la palabra – o eso creen ellos, Demóstenes, no- necesitan cultivarlo. Cada uno de nosotros lleva en su cabeza y en su corazón los elementos necesarios para convertirse en un buen orador, incluso en un gran orador, si se decide a ello. Decidirse significa ponerse a trabajar. El comienzo, mantener el comienzo, he ahí todo. En cuanto uno empieza, ya esta a mitad de camino. El éxito es cuestión de insistencia. El genio, como decía Baudelaire, es una larga constancia. Pablo Sarasate, el gran violinista navarro, se lamentaba así de un elogio: “He trabajado 14 horas diarias durante 37 años, y ahora me llaman genio”. Trabajar mucho y saber cómo hacerlo. He ahí todo. Es la única manera conocida de alcanzar el ideal de Stanislavsky, el genio ruso que reformó el teatro: “Convertir lo difícil en habitual, lo habitual en fácil, lo fácil en bello”. El conocimiento no es fruto del azar, sino de la voluntad. El profesor puede explicarle al alumno cómo trabajar, pero no puede sustituir su esfuerzo. El profesor le enseñará técnicas; y si es un buen profesor, lo contaminará de pasión por el lenguaje, lo seducirá hacia la oratoria. Pero el trabajo ha de ponerlo el alumno. Sin prisa. Aprender a hablar bien tiene sus trámites. La precipitación conduce al fracaso. La prisa acaba causando destrozos emocionales en la personalidad.
Si pasamos por la vida como espectadores, limitándonos a mirar lo que hacen los demás y lamentando nuestra suerte, mereceremos que, al llegar a la última vuelta del camino, alguien inscriba sobre nuestra tumba las tres palabras más tristes de todas: Pudo haber sido.
Genial la entrada!
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Una vez me preguntaron si era posible la felicidad. Respondí que sí. ¿Cómo? Cuando nuestro proyecto de ser y nuestros actos caminan al unísono en la misma dirección. Buena entrada, maestro, la pasaré a mis alumnos con tu permiso.
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