De la vida diaria

Tendemos a descuidar el lenguaje en nuestra vida diaria, como si hablar bien no fuera una obligación de cada uno de nosotros, sino una habilidad reservada a los profesionales de la palabra: políticos, profesores, periodistas… Eso es lo mismo que descuidar el ejercicio físico con la excusa de que no somos deportistas de élite, o redactar con faltas de ortografía y de sintaxis, porque no somos escritores. Nosotros, el exigente público de conferencias y discursos, apenas reparamos en la falta de calidad de nuestro lenguaje cotidiano. Está en la naturaleza humana ser riguroso con los demás e indulgente con uno mismo. Esa actitud supone un obstáculo para el mejoramiento de la sociedad. Nuestra gran aportación al mundo no va ser el descubrimiento de las vacunas, sino el perfeccionamiento de nuestra personalidad. Deberíamos dedicar algún tiempo de nuestra vida al lenguaje, a ampliarlo, a cuidarlo, a usarlo con elegancia. Porque la afirmación de que nuestra inteligencia es lingüística abarca a todos los hombres, y no sólo a los intelectuales. El empobrecimiento lingüístico, lo he repetido en estos breves ensayos, es también un empobrecimiento psicológico.

Anunciaba en el artículo anterior que dedicaría el siguiente a poner algún ejemplo de incapacidad expresiva en la vida diaria. Aunque me alineo con quienes consideran que no hay nada más práctico que una buena teoría, en cumplimiento de mi compromiso aliviaré el texto de su carga reflexiva poniendo un caso práctico. Entre los jóvenes estudiantes no es infrecuente encontrar modelos de pobreza léxica, de vocabulario reducido. Sin negar su influencia en el habla popular y coloquial, resulta sorprendente que la más alta aportación de esos grupos a la filosofía del lenguaje haya sido esta explosión interjectiva, que reproduzco contando con la comprensión de mis lectores: “de puta madre”. Con ella se califica lo mismo el resultado de un examen que el carácter de un profesor, y se resume el juicio que al orador le merecen un libro, una película o una hamburguesa. Esa expresión sin matices, sin jerarquía intelectual y emocional, torpemente simple, resume el estado de ánimo de sus usuarios: nada tiene importancia, puesto que todo tiene la misma importancia. Todo es “de puta madre”.

El camarero, cortés y económico con las palabras, como debe ser un buen camarero, pregunta al cliente que acaba de entrar: – “¿Qué va a tomar el señor? – “¿Yo? Ah, sí… Esto… No sé… Sí… Bueno, pues… Realmente… ¿Qué hora es?… Sí, sí, claro… Bueno, pues, yo diría… ¿No le parece?… Yo… es que…pienso de que… Un café. Sí. Un café”. El cliente respira con ansiedad. Suda. Se retuerce las manos. No logra fijar la mirada. Tiene el aspecto de un hombre que puede derrumbarse en cualquier momento. Sin malicia, por pura profesionalidad, añade el camarero: “¿Solo o con leche?” Es demasiado para aquella inteligencia lingüística descontrolada. El cliente se derrumba y llora. -“Con leche, entonces”, interpreta el camarero. Y se aleja imperturbable hacia la barra.

En el año 2005, científicos americanos descubrieron que el genoma del simpático chimpancé tiene en común con el del hombre el 99% de la secuencia básica del ADN. A ningún camarero le sorprendería esta noticia.

Puntos suspensivos

Hablar bien no es una habilidad reservada a las grandes ocasiones: conferencias, discursos parlamentarios, clases, ponencias, brindis a los postres de la comida de graduación, y cosas así. Hay que cuidar el lenguaje también en sus más modestas manifestaciones de la vida diaria: saludar a un amigo, presentarnos, pedir un café o decirle la hora a un desconocido. Hay que educarse para hablar bien hasta que convirtamos la elocuencia en nuestra naturaleza. Hasta que hablar bien sea para nosotros instintivo. Lo mismo que nos han educado previsiblemente para el bien, y por instinto nos resistimos a mentir o a hacer daño. La convivencia está hecha, mucho más de lo que suponemos, de aportaciones lingüísticas. En muy buena medida, somos lo que decimos y cómo lo decimos. El sentido y el sonido. Eso somos. Y si nuestras aportaciones a la convivencia son torpes o vulgares, contribuiremos a rebajar su nivel. No se trata de hablar como un académico en los bares, teniendo en cuenta que tampoco un académico es necesariamente nuestro modelo de vida y costumbres. Se trata de no envilecernos con expresiones y sonidos de primate. Nuestros juicios sobre las personas y las cosas exigen reflexión. La satisfacción, o no, de nuestros deseos, la manifestación de nuestros sentimientos exigen reflexión. Sin pensamiento antecedente, nos limitamos a decir lo primero que se nos ocurre, que no suele ser lo mejor que se nos ocurre. El llamado lenguaje de la calle acostumbra a ser un amontonamiento de palabras desgastadas por la repetición irreflexiva, palabras que no significan nada, que no aportan nada, que confunden, con mucha frecuencia. No pocas veces nos arrepentimos de haber dicho lo que hemos dicho, que no refleja lo que queríamos decir.

Ni el texto ni el tono son los mismos en la academia que en la cafetería, ya lo hemos dicho. Pero el lenguaje tiene una exigencia común a todas las situaciones: no degradarlo nunca, nunca rebajarlo a la grosería y a la vulgaridad. Y en la otra cara de la falsa moneda retórica, huir del engolamiento, de la pomposidad, de la sobreactuación. El cincuenta por ciento de nuestras conversaciones está hecho de puntos suspensivos, de carraspeos de la inteligencia: vacilaciones, palabras consabidas, muletillas, tics verbales. Limitándonos a suprimir, por ejemplo, el inevitable “bueno, pues” con que damos comienzo habitualmente a la vida de nuestra inteligencia lingüística, ganaríamos expresividad, claridad y tiempo. No es infrecuente que conferenciantes de algún prestigio, incluso de mucho prestigio, comiencen así su intervención: “Bueno, pues, ante todo muy buenas tardes a todos. Estoy muy contento por estar hoy aquí”. Nadie podría reprocharle al público que abandonará la sala después de asistir a ese desafortunado comienzo de discurso.

La semana que viene dedicaremos el artículo a algunos casos prácticos sobre la incapacidad expresiva en la vida diaria. También de estas cosas se ocupan mis cursos de oratoria. Como el que empezaré en Córdoba el próximo 17 de marzo, por si su anuncio puede resultar de interés para alguno de mis selectos lectores. A quienes agradezco la deferencia de seguirme.

Libros para ser libres

¿De qué escribimos esta semana? De lo mismo que la anterior, pero tratado con otra intención. Hay que escribir muchas veces el mismo artículo, pero no de la misma manera. En eso consiste el estilo, en escribir de lo mismo de otro modo. También hay que leer muchas veces el mismo libro, si es bueno, porque siempre lo leeremos de un modo distinto. Mejor eso que perder el tiempo en muchos libros que no nos enseñan nada, tampoco estilo. El pensamiento, si lo hubiere, viene en el estilo, envuelto en el estilo. El saber no es aburrido, aunque pueden hacerlo aburrido los sabios. Todo se ha dicho ya, incluso muy bien dicho, pero hay que volver a decirlo con otro tono, con otra música, para que no podamos poner la excusa de que no nos habíamos enterado. Nuestra única aportación, la de cada uno, está en el estilo. Cada hombre es su estilo. Eso es lo que hay que cuidar, el estilo. A eso enseña la oratoria. Ya lo iremos viendo.

Decíamos ayer que sin cultura no hay discurso. Sostengo que el orador debe saber muchas más cosas de las que va a decir, porque todo lo que se sabe, aunque no se diga, llena de calidad lo que se dice, le da fuerza y color. La cultura es pensamiento, no información. Y el pensamiento se construye con el lenguaje. Para adquirir lenguaje y pensamiento hay que leer. Leer lo que cada uno elija, lo que cada uno quiera, “sin dejarse impresionar por la reputación de los autores”, como recomiendo Borges. La lectura enriquece nuestro vocabulario y aumenta la capacidad expresiva. Nos lleva a reflexionar sobre lo leído, y en eso consiste el saber. Así se adquiere pensamiento propio, meditando sobre el pensamiento ajeno. De ese modo nos hacemos libres, aprendiendo a pensar por nuestra cuenta para evitar que nos manipulen. La lectura nos da de pensar y de sentir. Eso nos permite, intelectual y emocionalmente, no quedar a merced de los más fuertes o de los más inicuos. Una democracia de analfabetos desemboca en un gobierno de mediocres, que se impone por la debilidad cultural de la mayoría.

No hay que leer cualquier cosa ni de cualquier manera. La lectura debe administrarse en las dosis adecuadas y con productos de calidad. Como la bebida. Leer por leer, como beber por beber, es una claudicación de la inteligencia. Lleva su tiempo aprender a frecuentar el lento placer de la lectura. Como, en su caso, el lento placer de la bebida. Compatibles ambos, siempre que no se olvide que la lectura de Cicerón aprovecha más con una copa de menos.

La lectura tiene un inconveniente: supone un esfuerzo mental que no requiere el embobamiento televisivo. Y tiene una ventaja, que no todo el mundo valora: nos hace protagonistas de nuestra vida, no simples espectadores. Curiosamente, la lectura es un acto de soledad en el que se encuentran las mejores compañías. Gente que ayuda y no da la lata, esas son las amistades que hay que buscar.

Leer para hablar bien

El secreto del estilo es la sencillez y la economía de palabras. Únicamente las palabras adecuadas a la ocasión y con el significado preciso. Para conseguirlo hace falta una buena cultura. La verbosidad, la charlatanería tienen pocas exigencias. Basta con dejarnos llevar por nuestra vulgaridad natural. “¡Intelijencia -pedía Juan Ramón Jiménez-, dame/ el nombre exacto de las cosas!/ ….Que mi palabra sea/ la cosa misma”. Para hablar bien hay que leer. Porque la oratoria está fundamentada en la cultura, y a la cultura se llega por la lectura. No necesariamente leer mucho, sino seleccionar bien lo poco que hay que leer muchas veces. Para Cela, que exageraba tanto, “en la historia del mundo no se han producido más que dos mil libros importantes”. La clave está en saber cuáles son. Y después, le parece a uno, no leerlos todos, sino releer constantemente los que más adentro nos llegan. Se trata de aprender a pensar y a sentir, no de recitar nombres y fechas en las tertulias. Sin una buena formación cultural, por la que se llega a tener criterio, el orador no habla, se limita a emitir sonidos comunicativos. Estamos constituidos por esa “facultad del alma” que decía Paul Valéry que es la sintaxis. La sintaxis puede mover los músculos, pero no viene de los músculos. El lenguaje es el fundamento de todos los saberes. “Llegué a las puertas de la gramática -escribe Cervantes en el Persiles-. que son aquellas por donde se llega a las demás ciencias”. Es mejor no llamarse a engaño, que es llamarse tonto a uno mismo, pero la adquisición de la elocuencia, como la adquisición de la cultura no son tareas fáciles ni cómodas. Aunque siempre nos quedará fugarnos en taparrabos cultural a esa selva de colorines que es la televisión o la tableta, donde ir sobreviviendo con el hacha de sílex del primer lenguaje. La cultura nos individualiza, la televisión nos uniformiza. Ser libre es reírse de lo que uno quiere y cuando uno quiere, no siguiendo las instrucciones del humorista de la casa. Lea cada uno desde sí y para sí, no para deslumbrar a nadie. Mire el mundo con sus propios ojos, no con los que le prestan la política y la publicidad, que son la misma cosa. Con el talento que proporciona la lectura al reflexionar sobre lo que se lee, puede uno transfigurar los asuntos más insignificantes. Leer significa hablar con nosotros mismos, entrar en nosotros, entendernos. Es un acto de soledad, y es en la soledad que crecemos, en la que vamos refinando la personalidad.

Lo primero que aportamos a los demás es el lenguaje. La impresión que producimos en los demás viene del modo de usar el lenguaje. Con el lenguaje llenamos de contenido nuestro cerebro y nuestro corazón, y eso es lo que vamos a aportar a los otros. Oyendo hablar bien se estimula el deseo de aprender a hablar bien. En la convivencia, todos somos a la vez profesores y alumnos. Todos tenemos el deber de contribuir a mejorarnos los unos a los otros.

Sin prisa.

Hay que desconfiar de las promesas de facilidad, como hay que desconfiar de las promesas de felicidad. La felicidad es un estado de ánimo, y el ánimo varía, no es una línea recta, imagen del electroencefalograma plano. Es muy probable que el hombre feliz, además de no tener camisa, no tuviera cerebro. La felicidad esta hecha de pequeñas o grandes desgracias bien sobrellevadas. Y eso se aprende con esfuerzo. Lo de Rilke “¿Quién habla de victorias? Sobreponerse es todo”. También las promesas de facilidad son engañosas. Nada que merezca la pena se consigue sin esfuerzo. Y merece mucho la pena aprender a hablar con elocuencia, porque ya vamos viendo que es el lenguaje lo que nos constituye como personas con personalidad. Somos lo que hablamos y cómo lo hablamos, repitámoslo hasta que se apodere de nosotros. La oratoria es un arte, y al arte se llega dedicándole tiempo, trabajo y técnica. Hasta los que han nacido con el don de la palabra – o eso creen ellos, Demóstenes, no- necesitan cultivarlo. Cada uno de nosotros lleva en su cabeza y en su corazón los elementos necesarios para convertirse en un buen orador, incluso en un gran orador, si se decide a ello. Decidirse significa ponerse a trabajar. El comienzo, mantener el comienzo, he ahí todo. En cuanto uno empieza, ya esta a mitad de camino. El éxito es cuestión de insistencia. El genio, como decía Baudelaire, es una larga constancia. Pablo Sarasate, el gran violinista navarro, se lamentaba así de un elogio: “He trabajado 14 horas diarias durante 37 años, y ahora me llaman genio”. Trabajar mucho y saber cómo hacerlo. He ahí todo. Es la única manera conocida de alcanzar el ideal de Stanislavsky, el genio ruso que reformó el teatro: “Convertir lo difícil en habitual, lo habitual en fácil, lo fácil en bello”. El conocimiento no es fruto del azar, sino de la voluntad. El profesor puede explicarle al alumno cómo trabajar, pero no puede sustituir su esfuerzo. El profesor le enseñará técnicas; y si es un buen profesor, lo contaminará de pasión por el lenguaje, lo seducirá hacia la oratoria. Pero el trabajo ha de ponerlo el alumno. Sin prisa. Aprender a hablar bien tiene sus trámites. La precipitación conduce al fracaso. La prisa acaba causando destrozos emocionales en la personalidad.

Si pasamos por la vida como espectadores, limitándonos a mirar lo que hacen los demás y lamentando nuestra suerte, mereceremos que, al llegar a la última vuelta del camino, alguien inscriba sobre nuestra tumba las tres palabras más tristes de todas: Pudo haber sido.

El lenguaje de la madre.

Desde el magisterio emocional de la madre, toda formación es formación oral, y el sistema de enseñanza, con toda su brillante artificiosidad técnica, haría bien en no olvidarlo. En el lenguaje tiene la madre un papel decisivo. A la lengua que aprendemos en la infancia y que nos marcará para siempre, se la conoce como lengua materna, lengua madre, la lengua de la madre. En esa lengua primera tienen más importancia el sonido que el sentido. La madre no sólo dice lo que dice, dice también lo que suena, y en ella es más expresiva la música que la letra. La madre acaricia al niño con la voz. Le habla, le canta, le susurra, y el niño se calma. Cualquier madre -y sobre todo, cualquier niño- conoce la diferencia entre hablar con desgana, sin ilusión, incluso con aspereza, y hablar con dulzura y con amor, acariciando al niño con la voz y las palabras. Los niños distinguen muy bien lo auténtico de lo fingido, y cuando un adulto les dice cosas en las que no cree, se dan cuenta de los sentimientos simulados, mucho más que de las palabras que los envuelven. Un niño chico, que es el amoroso título que dan los andaluces a la primera infancia, no entiende el lenguaje, y por eso se dice que es la madre quien debe hablarle, para que el niño sienta a la madre. La palabra de la madre, cuyo significado entenderá el niño cuando crezca, lo envuelve ahora dulcemente, la madre acuna al niño con las inflexiones de su voz, le llena el alma chica de esa música que la especie ha puesto en la garganta de todas las madres, y que únicamente los hijos más pequeños pueden oir.

Crecemos, no siempre para mejor, muchas veces sólo en edad, pero aquella melodía primera permanece guardada en nuestro fondo más puro, y nos llama para que volvamos a ella en los momentos de desolación; porque es la canción de cuna de la bondad, que nos devuelve la inocencia. Al pasar de la madre al mundo habremos de ampliar el vocabulario, de ampliarlo mucho, porque va a ser el soporte de nuestra inteligencia, y habremos de ir adquiriendo un conocimiento muy preciso del alma humana y del efecto que en ella producen las diversas maneras de expresarse. Pero seguirá vigente, para entendernos con los demás, la esencia de la música curativa de la madre, que nos enseñó a usar afectuosamente el lenguaje. Cambiará el contenido del discurso y la manera de decirlo, pero toda la inteligencia lingüística viene orientada al bien desde la infancia. Somos nosotros los que nos apartamos del camino, creyendo que para triunfar hay que resultar desagradable.

La inalcanzable perfección

Dos años antes de la muerte de Vicente Aleixandre, nuestro Premio Nobel de Literatura de 1977, le preguntó un periodista: – “Don Vicente, ¿qué le gustaría que dijeran de usted, cómo le gustaría ser recordado?” Y respondió el gran poeta andaluz: – “Me gustaría que dijeran que fui una buena persona”. Y entre los lectores del periódico se hizo un silencio como de media hora, después de que don Vicente abriera el séptimo sello de la convivencia. ” Un hombre bueno que sabe hablar”, ese es el orador ideal, según Catón el Viejo, como veíamos la semana pasada. También Cicerón dice en Sobre el orador, por boca de Marco Antonio, que a sus cualidades intelectuales, el orador debe unir ser un hombre de bien. Y al comienzo del libro I de La invención retórica escribe: “la sabiduría sin elocuencia es poco útil para los estados, pero la elocuencia sin sabiduría es casi siempre perjudicial y nunca resulta útil”. En la sabiduría incluye ” el estudio noble y digno de la filosofía y la moral”. En el libro II de la Retórica, Aristóteles liga la credibilidad del orador a la posesión de las virtudes. Y dedica el título 1º al estudio de las pasiones. Podríamos decir que para una autorizada tradición filosófica conectada con la oratoria, los malos sentimientos son la forma que adopta la necedad en la vida de relación. De tal manera que a una mala persona no se le otorga confianza ni siquiera cuando dice la verdad.

La historia nos ha hecho escépticos, y ese ideal de bondad y talento que ha de caracterizar al orador, y a cualquier artista, y a cualquier persona también, nos hace sonreír con amargura, porque conocemos la realidad del mundo. Catón el Censor, en cuya definición de orador nos inspiramos, era un moralista estricto, exigente con los demás e indulgente consigo mismo. Avaricioso, vanidoso, cruel con sus esclavos, severo en hacer cumplir sus ordenes hasta el punto de inspirar temor. Pero un gran orador, se le llamo el Demóstenes romano por su elocuencia. Cicerón era jactancioso, encantado de sí hasta resultar muchas veces insoportable; sarcástico y burlón, gustaba de ridiculizar al adversario, y tan ávido de poder y gloria que eso le impedía razonar correctamente. Pero no ha habido un orador como él. Demóstenes no rehusaba el soborno, y fue condenado por corrupción; apasionado por el oro, dice de él Plutarco -de cuyas Vidas paralelas tomo estos rasgos del carácter de los mejores-, y cobarde en el combate, del que huyó ignominiosamente. Pero Cicerón lo admiraba como orador, lo consideraba el mejor.

Ese modelo de orador que propugnan los grandes maestros clásicos -sabio, elocuente y honrado- no ha existido nunca. Lo presentan como un ideal educativo, al que hay que tender. Pero la perfección es una meta inalcanzable. Y aunque no se conoce experiencia humana sobre el particular, alcanzarla podría resultar aburrido. Por eso, y para mantener la esperanza, pienso que lo importante es recorrer el camino de la educación con la actitud y la técnica adecuadas, pero sin que nos agobie el resultado. La obsesión por llegar a un lugar que no existe impide contemplar el paisaje, que es lo que hace ameno el recorrido.

No descarto volver a ocuparme en alguna otra ocasión de las buenas personas y su papel en las sociedades modernas. Avisaré oportunamente, por si algún lector no desea perder su tiempo en un asunto de tan poco interés práctico.

Dimensión ética de la oratoria.

En este momento de la historia política de España, un artículo como éste resulta inactual. Y acertará quien así lo juzgue, porque el texto se basa en normas de comportamiento de hace muchos siglos, que han perdido vigencia en nuestro país. Su lectura puede resultar incluso perjudicial, ya que el contenido se opone al progreso. Para la promoción social del hombre moderno, la inspiración ética de sus acciones constituye un obstáculo. Considero conveniente aclarar que el sintagma “hombre moderno” abarca en este contexto también a la mujer moderna, por lo que no se hace necesaria la duplicación inclusiva, ya lo habrán advertido los lectores. Y las lectoras. Hoy importa más la meta que el modo de alcanzarla. Consciente de estas exigencias, he decidido escribir lo que sigue, precisamente por su inutilidad. A mi me parece más ameno andar que llegar. Al final del camino nos espera siempre la misma pregunta: Y ahora, ¿qué?.

Los clásicos dieron mucha importancia a las cualidades morales del orador, así como a los aspectos afectivos de la oratoria. Quien mejor ha desarrollado la fundamentación ética de la retorica es nuestro compatriota Marco Fabio Quintiliano, Quintiliano de Calahorra, en una obra decisiva para nuestro arte: Instituciones oratorias. En el capítulo I del libro XII configura el modelo de orador conforme a la definición de Catón el Viejo: “Un hombre honrado que sabe hablar”. Para el gran maestro de oradores, “la mayor parte de un discurso consiste en la consideración de la justicia y del bien”. Y “un hombre perverso e inicuo” no podrá “hablar de estos valores como pide la dignidad de estos principios”. Y arriesga mucho, casi hasta la ingenuidad, al identificar la maldad con la estupidez: “Si nadie puede ser malo sin ser igualmente un necio, como dicen no sólo los filósofos, sino como también ha creído siempre la gente vulgar, con toda seguridad ningún necio llegará a ser jamás orador”. Teniendo en cuenta que las Instituciones son un tratado completo de educación, en que el orador representa el ideal, se entiende su insistencia en vincular el dominio de la palabra con la sabiduría y las virtudes. La oratoria, según esta propuesta pedagógica, es un arte que llega a la belleza por el cultivo de la inteligencia y los valores morales. El orador necesita una formación ética para que su discurso esté conforme con su moral. Eso es mucho más que la mera apelación a los sentidos por la forma externa, que Quintiliano no descuida, pero tampoco independiza de más altas cualidades. Es aspiración del Quintiliano filósofo que el orador encarne el desarrollo superior de todas las facultades humanas. Tan determinantes son las Instituciones para la formación del orador, que uno de los mayores especialistas en la obra de Quintiliano, el profesor Alfonso Ortega Carmona, asegura que “directa o indirectamente, todas las obras y publicaciones, pasadas y actuales, sobre la formación de la palabra para la vida pública dependen de Quintiliano”.

Pero esto no puede quedar así. La semana que viene ampliaremos un poco esta antigualla de la moral con el recurso a otros grandes maestros, y corregiremos por nuestra cuenta la excentricidad de exigir para el arte virtud y talento. La semana que viene remataremos la moral.

El silencio y el énfasis.

Fue don Antonio Maura y Montaner -con el don inapeable de los insignes- uno de los mejores oradores que ha habido en España. Vivió entre 1853 y 1925. Ingresó en la Real Academia de la Lengua con un memorable discurso sobre “La oratoria como género literario”, y la dirigió durante doce años. Era el orador que más gustaba a Azorín, para quien la oratoria es también un género literario. “Se habla bien y se habla mal, como se escribe bien y se escribe mal”. Según el gran escritor y cronista parlamentario, “la oratoria, como el arte de escribir, es variedad. Se comienza en un tono, generalmente bajo, y se va cambiando a lo largo de la oración (…) El verdadero orador dispone de tres registros: el grandilocuente, el medio y el bajo o familiar. No será orador completo quien no domine los tres”. Y ese dominio atribuía Azorín a Maura, y por eso lo consideraba el orador más completo que ha tenido España. Destaca en él, como características de su grandeza retórica, el énfasis y el silencio. Del silencio hablamos en un artículo anterior, aunque no lo suficiente. Del énfasis nos ocuparemos en artículos sucesivos, anticipo que tampoco lo suficiente. Nada que merezca la pena se hace o se dice lo suficiente. Lo normal es morirse sin haber vivido lo suficiente. Para corregirlo está prevista la resurrección de la carne, con todo el tiempo por delante y toda la experiencia por detrás. Algo llevaremos aprendido.

Un maestro de la palabra nos enseña que el silencio forma parte del discurso. Según Azorín, Maura era un “habilísimo distribuidor de las pausas”. Ese sonido en espera que es el silencio, al que ya nos hemos referido, debe manejarse adecuadamente para dominar el arte de la palabra. La elocuencia es el resultado de un proceso que tiende al desarrollo integral de la personalidad. Y su ideal sería la figura del orador. Está ligada a la educación, que es una tarea profundamente moral. Y donde los maestros, que han de ser los mejores, tienen el deber de dominar el lenguaje. Por tanto, hay que aprender a hablar bien de alguien que sepa hablar bien. En última instancia, somos lo que hablamos y cómo lo hablamos. No se habla mal por instinto, sino por defecto. El llamado lenguaje de la calle es tan artificial como el de las academias, y es también producto del aprendizaje. Se trata, pues, de darle calidad al lenguaje de la calle mediante una preparación adecuada, hasta que nos demos cuenta de que hemos adquirido un instinto del lenguaje por el que nos resulta imposible e insoportable un vocabulario pobre, una sintaxis defectuosa y una mala dicción. Hay que galopar sobre el lenguaje con las neuronas encrespadas.

Los clásicos.

Estas reflexiones sobre el arte de la palabra vienen de los clásicos. ¿De quién, si no? Y se basan en el convencimiento de que todo se ha dicho ya, pero hay que insistir. Hay que volver a decir lo que ya dejaron dicho nuestros mayores en sabiduría retórica, porque aún no se ha dicho lo suficiente. Y porque así podrá oírlo más gente. Equivale a leer muchas veces el mismo libro. Desde hace dos mil años, sabemos por las Epístolas de Plinio el Joven -gran orador y corrector minucioso de su estilo literario- que no hay que leer muchos libros, sino muchas veces el mismo libro. Averiguar cuál es ese libro lleva toda la vida. Mientras, perdemos el tiempo leyendo cosas prescindibles, que no nos consolarán de morirnos sin haber aprendido a leer.

Venimos de Cicerón (Sobre el orador, El orador, Bruto o de los ilustres oradores), de Quintiliano ( Instituciones Oratorias), de Aristóteles (Retórica), y de unos pocos más. Todo lo que está después de ellos es repetición de ellos. De ellos aprendimos también a decir con el tono y estilo de hoy. Demóstenes, al que no podemos no nombrar, no dejó obra teórica, sólo algunos de los mejores discursos de la gran Grecia, o sea, de la historia de la humanidad. Dejó también la leyenda de su carácter. Con eso ha tenido para llegar hasta ahora mismo. Elio Antonio de Nebrija, nada menos, autor de la primera gramática española, y el mayor humanista de la segunda mitad del siglo XV y primera del XVI, reconoce en su Compendio del arte de la retórica, que fundamenta el texto en las enseñanzas de Cicerón y Quintiliano, porque no le parece que nadie pueda decir nada nuevo después de esos dos prodigios de la inteligencia humana. Y bebe también, aunque menos, de la Retorica de Aristóteles.

Lo primero y principal es ir empapándonos del valor del lenguaje, de su uso adecuado, de su papel en la conformación de nuestra personalidad. Más adelante pasaremos al arte y sus técnicas. Primero hay que aprender a hablar con corrección, con corrección y claridad, y una vez adquiridas esas destrezas, podremos pasar a lo que los clásicos llamaban el ornato. En el libro III de Sobre el orador, el maestro Cicerón hace decir a uno de los dialogantes que no podemos esperar que diga cosas que admiremos quien dice cosas que no entendemos. El adorno viene después de la corrección. El pensamiento del maestro es reproducible, ampliable, reseñable, pero no se puede superar. Por eso se ha dicho que clásico es lo que no se puede hacer mejor. La Primera Catilinaria -para este alumno exagerado, el mejor discurso compuesto por el hombre- no se puede hacer mejor. Y su conocimiento y adecuada recitación debería constituir un requisito para participar en la vida pública. Reconozcamos, no obstante, que resulta un poco largo y demasiado elaborado para poder competir con las exigencias intelectuales del teléfono móvil.