Volver a la infancia.

Hay palabras que no necesitan acompañamiento, que son ellas mismas un discurso. Y si se les busca compañía, la que sale mejorada del acercamiento es la compañía. Eso mismo ocurre con algunas personas. Palabras que ponen orden en nuestra biografía. Madre es la primera, y amor, luz, niño. Y Navidad, que las contiene a todas. La palabra Navidad hay que pronunciarla con el punto justo de corazón y de nostalgia. Así produce todos sus efectos en el alma, propia y ajena. Para eso no hace falta ser creyente, basta con haber tenido infancia. La Navidad es el regreso a la madre, al amor, a la luz, a la niñez. Cuanta más niñez ha ido acumulando el hombre en su desarrollo, más Navidad recupera en cada aniversario. Hay cosas que no nacen para morir, escribió mi querido Luis Rosales. Al contrario que la Navidad, este blog sí tendrá un final, aunque todavía no sabemos cuándo. Por el momento, sufre una interrupción hasta el próximo 9 de enero. Porque toda su palabrería no puede competir, ni lo intenta, con la fuerza creadora de la palabra Navidad. Ante ella, y para que autor y lectores volvamos por unos días a nuestra niñez, este blog se quita humildemente la boina cultural y guarda respeto de lo que debe ser respetado. Hasta que volvamos a encontrarnos en la infancia gozosa del lenguaje, feliz Navidad.

Saber callar

Del mismo modo que nos educamos para hablar, para hablar bien, también hemos de educarnos para callar, para callar bien. Cuando decimos de más, pensamos de menos. Y el pensamiento se construye en el silencio. Se piensa en silencio, no importa si estamos con otras personas. Ortega decía que pensar es hablar con nosotros mismos. El pensamiento necesita de la palabra. Para poder decir, antes hay que haber pensado. Por eso, una buena conversación está hecha de palabras y de silencios. Hablar por hablar, hablar mucho, sin motivo ni finalidad, hablar sin necesidad y sin sentido es no pensar. Lo hacemos con más frecuencia de la que somos conscientes. Y si el pensamiento se construye con palabras, callar viene a ser como tomar aliento para poder decir. Porque hablar correctamente supone haber pensado. Y para las dos cosas es necesario el lenguaje, como estamos viendo.

Nos desazona el silencio, no lo valoramos, nos parece inoportuno callarse oportunamente. Y sin embargo, un gran lenguaje usado con belleza necesita de grandes y vigorosos silencios. Convivimos en el convencimiento de que el silencio o la parquedad expresiva puede llevar a que los demás piensen que somos huraños o descorteses. O lo que es peor, que no tenemos nada que decir. Cuando debería preocuparnos más que los otros piensen que somos tontos, si hablamos demasiado. Es cuando no tenemos nada que decir que decimos de más. Hace 3.000 años, Salomón nos enseño en sus “Proverbios” que incluso el ignorante, si calla, será reputado por sabio y pasará por entendido. Las tertulias, los debates, las entrevistas, las conversaciones acostumbran a ser un derroche de palabras ociosas. El exceso de palabras oscurece el pensamiento. Más allá de las palabras adecuadas, las sobrantes no sirven para nada. Son un despliegue inútil de energía pretendidamente intelectual. Hablar bien es aprender a transmitir muchos pensamientos con pocas palabras. Palabras bien escogidas, bien asociadas y bien pronunciadas. Únicamente las precisas. Eso es lo que distingue al orador. El orador -no importa en qué ambiente se desenvuelva- habla sin desmesura con claridad y sencillez. Sencillez no equivale a vulgaridad. La vulgaridad es la sencillez tratada sin reflexión. La vulgaridad la cultiva otro género de hablador: el palabrero, el boquirroto, el charlatán, el hablanchín, tarabilla, cañahueca, parlaembalde, y por ahí seguido, que diría el maestro Umbral. La necesidad de rellenar el silencio es signo de un espíritu vulgar. Es en el silencio que vamos edificando nuestra personalidad. Pensamos en silencio, sentimos en silencio. Con palabras, pero sin discurso.

Un buen discurso no debe durar más de treinta y cinco minutos, y considero que soy generoso. Cuarenta ya me parece un exceso. Si eso es así para el género grande, dedicar tres minutos balbucientes a pedir un café o a concertar una cita constituye una desmesura tal que debería castigarse con la expulsión del local o la cancelación de la cita. Con el tiempo y con el sistema nervioso del prójimo hay que mostrarse siempre muy ahorrativo.

Más sobre el lenguaje de la calle.

Hay que volver a decir lo que ya se ha dicho, porque hay cosas que nunca se dicen lo suficiente. Por eso insistimos hoy en el lenguaje de la calle. Pero insistimos de otra manera. Decir lo mismo de otra manera, en eso consiste el estilo. Hay que educarse hasta poner en práctica la siguiente convicción: Otros han dicho lo que yo digo, pero no de la manera en que yo lo digo. No con mi estilo. La gracia y la originalidad están en el estilo. En el estilo está el secreto del lenguaje. Para eso hay que educarse, para adquirir una manera propia de decir, que tenga calidad y elegancia.

El lenguaje es artificio, no instinto. Se aprende. Aunque los sociólogos coinciden en que el hombre, a diferencia de otras especies animales, viene predispuesto por la naturaleza para hablar. Pero esa predisposición ha de cultivarla el hombre por el aprendizaje. El lenguaje que aprendemos de niños hay que perfeccionarlo durante toda la vida. No es infrecuente que los adultos demos por supuesto que ya tenemos todas las palabras que necesitamos, junto con la sintaxis imprescindible para entendernos con los demás. Con ese criterio se construye el lenguaje de la calle, un lenguaje de supervivencia, no de cultura. Ese lenguaje habita en premiosos y vanilocuentes, habladores sin habilidad, vacilantes, confusos, sin sensibilidad ni gracia. Para entender un lenguaje de calidad no se requieren títulos superiores, por eso no hay que ofender al público con un lenguaje ramplón y descuidado. El lenguaje de calidad no es rebuscado, ni confuso ni pedante. Es un lenguaje con ritmo en las frases, con sonoridad en los acentos, con una construcción apropiada. Es un lenguaje que proporciona el mismo placer que la música, y en el que los oyentes pueden complacerse por el sonido, incluso si se les escapa algo del contenido. Ya mejorarán la compresión al irse elevando como oyentes. El lenguaje debe ser adecuado a la ocasión, pero manteniendo la calidad en todo caso. A la amada o al amado no se les habla con el lenguaje de un congreso de metafísicos. No nos dirigimos a los niños con palabras de doctorando no plagiario. Pero el nivel, la gracia, el estilo han de mantenerse en todos los casos. Hablar bien es adecuar a cada ocasión un lenguaje elegante. Con las palabras apropiadas y su oportuna distribución en la frase. El estilo lo dicta la circunstancia. Pero el lenguaje no se rebaja nunca, no se mancilla con concesiones a la audiencia.

Hay que aprender a hablar bien, de manera que se instale en nosotros el instinto del lenguaje. Y prescindamos por instinto de vulgarismos, muletillas, lugares comunes, necedades, vaciedades. El lenguaje de la calle se eleva por aportación popular. Todos tenemos la obligación de salir a la calle con el lenguaje limpio y bien cortado, oliendo a sintaxis. Para que sean los menos los que tomen ejemplo de los más.

El lenguaje de la calle

El lenguaje es un artificio, lo mismo el lenguaje de la calle que el de los grandes oradores. Es una obra de cultura y no de naturaleza. El hombre no nace con el lenguaje, ha de adquirirlo por la educación. El gran filósofo pragmatista americano, George Herbert Mead, fundador de la psicología social, señala que el recién nacido sólo tiene dos instintos: chupar y llorar. Todo lo demás es cultura. Se emplee bien o se emplee mal, el lenguaje es artificio, no instinto. Si hay que hablar, y a hablar se aprende, entonces hay que aprender a hablar bien. Hablar bien es decir en cada momento lo que uno quiere decir, no algo parecido o aproximado, y decirlo con las palabras justas y con la entonación adecuada. Y callarse luego, teniendo en cuenta que el silencio forma parte de la conversación. La corrupción del lenguaje impide el derecho a una vida inteligente, que debería ser catalogado como un derecho fundamental. Regenerar el lenguaje es regenerar la sociedad.

Entiendo por lenguaje de la calle el lenguaje irreflexivo, espontáneo de la vida diaria, el que nos permite entendernos en los niveles más básicos de la convivencia, sin otra pretensión. Se trata de un lenguaje poco elaborado, casi primitivo, como una actualización de los sonidos guturales. No hay voluntad de estilo, de nivel. Equivale, evolutivamente, a seguir comiendo con las manos. Hablamos habitualmente el lenguaje del mercado, de la moda, de las televisiones, de los grupos. Ponemos muy poco de nosotros mismos. Más que hablar, repetimos lo que han dicho otros. Hablamos al dictado, y nos dictan mal. Y no nos dictan mal por una deliberada intención maliciosa; es que tampoco los que dictan saben hablar. No sobrevaloremos la desidia. En eso consiste el lenguaje de la calle, en negar el estilo, que es nuestra manera personal de expresarnos. Todos decimos las mismas cosas, las decimos de la misma manera, nos repetimos en los mismos errores y nos reímos de los mismos chistes. Hemos alcanzado la uniformidad, tan distinta de igualarnos por la excelencia intelectual.

El lenguaje del orador es un lenguaje artificioso, muy elaborado, trabajado, lo que no equivale a rebuscado y pedante, sino cuidado, exigente, para dar apariencia de naturalidad improvisada a lo que procede de un largo trabajo anterior. Cuando los políticos alardean de emplear el lenguaje de la calle, quieren dar por supuesto que el lenguaje de la calle es de un nivel más bajo, más pobre, menos evolucionado. Quienes eso dicen suelen carecer de la preparación y de la sensibilidad suficientes para utilizar otro de mayor nivel, también comprensible y agradable de escuchar. Un político de alguna altura tiene la obligación de contribuir a elevar el lenguaje de la calle. Ese es el sentido que tiene el verso de Mallarmé, el poeta simbolista francés del XIX, referido a la misión del lenguaje poético: “Dar un sentido más puro a las palabras de la tribu”. El lenguaje de la calle está embastecido por el uso, sin otro afán que nombrar las cosas y etiquetar los sucesos. El llamado lenguaje de la calle no acostumbra a ser un modelo de claridad y sencillez, un prodigio de gracia espontánea, casi infantil, que son virtudes falsamente atribuidas a lo popular. Como si lo popular, en su sentido más genuino, no acabara identificándose con una reunión de compadres y de comadres. Hay que educarse para ser pueblo, pueblo con nivel, con estilo. Pueblo capaz de engendrar líderes con nivel y con estilo. Hablamos sin haber pensado, tampoco tenemos vocabulario para más, y a eso lo llamamos libertad de expresión.

Palabras

La última edición del Diccionario de la lengua española (RAE) es la 23ª, llamada del tricentenario, y se publicó en 2014. Contiene más de 90.000 palabras. No resulta necesario usarlas todas para vivir. Pero tampoco hay que conformarse con que nuestra inteligencia navegue por un raquítico lago de 300 vocablos, que es nivel de botellonero y de indignado político por cuenta ajena. Hablar bien exige vocabulario y pensamiento, y una cosa tiene que ver con la otra. Con poco vocabulario se alcanzan pocas ideas, quizá ninguna. Cuenta Manuel Alcántara que Azorín le recomendó leer el diccionario. “Ábralo al azar”, le dijo. Martín de Riquer sostenía que “el libro más útil es un diccionario cualquiera, que sea bueno. Que sirva no sólo para comprender la lengua, sino también para escribir bien”. Y para Borges, amante de las palabras y las etimologías, “la enciclopedia es uno de los mejores géneros literarios (…) Para mí, la alegría suprema es un diccionario etimológico”.

Con el lenguaje pensamos, pero también sentimos. La palabra tiene capacidad para despertar emociones, y eso determina que pueda estimular cambios de conducta individuales y colectivos. Las palabras identifican los sentimientos, y los controlan o los desordenan. A los pueblos se les gobierna por la palabra o por la fuerza. A los hombres se les educa por la palabra o por la fuerza. Un vocabulario amplio y bien usado permite emplear las palabras adecuadas a cada ocasión y ponerlas en el lugar adecuado de la frase. Si no lo hacemos así, no expresaremos lo que queremos decir y no nos entenderán. Palabras apropiadas y convenientemente colocadas. Para eso, hay que conocer su exacto significado. No basta con saber, que es el resultado de la observación y de la reflexión, hay que saber decir. No saber decir hace inútil el conocimiento.

Nuestra personalidad se construye con palabras, y el empobrecimiento lingüístico es también un empobrecimiento psicológico. Hay que acostumbrarse a cambiar de palabras -de adjetivos, de adverbios, de verbos-, lo mismo que por higiene nos cambiamos de ropa. Si empleamos cada día y en cada ocasión las misma palabras avejentadas, tics lingüísticos, muletillas sudorosas, adjetivos grasientos, raídos (tío, colega, guay, buenopues, yodiría, piensodeque), se nos descompondrá el cuerpo del idioma y acabará apestando nuestra personalidad. No puede perderse de vista que una democracia de analfabetos desemboca en un gobierno de mediocres, que se impone por la debilidad cultural de la mayoría.

Llevo más de la mitad de mi no corta vida dedicado a aprender y enseñar el arte de la oratoria. Y he aprendido a tener mucho cuidado con las palabras, porque ninguna es inocente bajo su inocente apariencia simbólica. Apenas una mancha sobre el papel o un sonido en el aire. Y sin embargo -lo vio con claridad el perspicaz Julián Marías- las cuestiones de palabras son las más graves y peligrosas; y todos los conflictos, empezando por los familiares, surgen de un uso inadecuado del lenguaje. La palabra puede construir o destruir la sociedad, puede elevarnos o degradarnos. Palabras de amor. Palabras de honor. Palabras de horror, Palabras.

Aprender a hablar bien

La personalidad está contenida en el lenguaje. En lo que decimos y cómo lo decimos. Cada vez que habla, el hombre se examina ante sus semejantes. Vivimos y convivimos con palabras. Nuestra inteligencia es lingüística, nuestra convivencia es lingüística, y mediante el lenguaje recibimos la cultura. Pensamos y sentimos con palabras, sin palabras no podemos entendernos a nosotros mismos ni a los demás. La debilidad de palabra nos deja a merced de los más fuertes y de los más inicuos. Aprender a usar el lenguaje es aprender a usar la inteligencia y aprender a sentir. Es convertirse en persona con personalidad.

A partir de hoy, dedicaremos diez minutos todos los jueves a sumergirnos en el idioma. En su ritmo, en su fuerza, en el color de sus adjetivos, en el calor de las metáforas, en la gracia del estilo. El estilo, he ahí todo: nuestra manera personal de expresarnos. El estilo es “el ropaje del pensamiento”, como le escribió Lord Chesterfield a su hijo, en unas Cartas del siglo XVIII. El hijo no salió al padre en el estilo, vestía mucho peor su inteligencia. Nos ocuparemos del Arte de Hablar en Público, de la Oratoria, en la que se han formado algunos de los mejores cerebros de la historia. Un arte aparentemente inactual, pero más necesario hoy que cuando lo engrandeció Cicerón hace dos mil años. Para hablar bien hay que hacer algo más que desearlo. A todo el mundo le gustaría hablar bien, pero casi nadie se pone a ello, no se pone a aprenderlo y a trabajarlo. La Oratoria es un arte, y como todo arte tiene técnicas, que hay que aprender.

El pensamiento resulta impotente sin elocuencia. El dominio del lenguaje -vocabulario y dicción- es indispensable para el éxito de muchas profesiones, cuya base es la palabra: abogacía, política, enseñanza, radio, televisión, empresa. En algún momento, en muchos momentos, cualquier profesional descubrirá que hablar bien constituye un requisito indispensable para desarrollar cabalmente su trabajo.

En general, hablamos mediante tópicos, muletillas, lugares comunes, frases hechas. Un montoncito de abreviaturas de mensaje telefónico, apócopes deslucidos, mutilaciones de un idioma tan trabajosamente edificado. Cada vez tenemos menos vocabulario y lo usamos con más torpeza. Pero se puede y se debe -nos lo debemos a nosotros y se lo debemos a la sociedad- aprender a hablar con claridad y belleza, elocuentemente. La oratoria nos devuelve la gracia del lenguaje, nos enseña que las palabras están para mucho más que para limitarse a nombrar las cosas con ellas. Es el paso del hacha de sílex al Siglo de Oro.