El lenguaje es un artificio, lo mismo el lenguaje de la calle que el de los grandes oradores. Es una obra de cultura y no de naturaleza. El hombre no nace con el lenguaje, ha de adquirirlo por la educación. El gran filósofo pragmatista americano, George Herbert Mead, fundador de la psicología social, señala que el recién nacido sólo tiene dos instintos: chupar y llorar. Todo lo demás es cultura. Se emplee bien o se emplee mal, el lenguaje es artificio, no instinto. Si hay que hablar, y a hablar se aprende, entonces hay que aprender a hablar bien. Hablar bien es decir en cada momento lo que uno quiere decir, no algo parecido o aproximado, y decirlo con las palabras justas y con la entonación adecuada. Y callarse luego, teniendo en cuenta que el silencio forma parte de la conversación. La corrupción del lenguaje impide el derecho a una vida inteligente, que debería ser catalogado como un derecho fundamental. Regenerar el lenguaje es regenerar la sociedad.
Entiendo por lenguaje de la calle el lenguaje irreflexivo, espontáneo de la vida diaria, el que nos permite entendernos en los niveles más básicos de la convivencia, sin otra pretensión. Se trata de un lenguaje poco elaborado, casi primitivo, como una actualización de los sonidos guturales. No hay voluntad de estilo, de nivel. Equivale, evolutivamente, a seguir comiendo con las manos. Hablamos habitualmente el lenguaje del mercado, de la moda, de las televisiones, de los grupos. Ponemos muy poco de nosotros mismos. Más que hablar, repetimos lo que han dicho otros. Hablamos al dictado, y nos dictan mal. Y no nos dictan mal por una deliberada intención maliciosa; es que tampoco los que dictan saben hablar. No sobrevaloremos la desidia. En eso consiste el lenguaje de la calle, en negar el estilo, que es nuestra manera personal de expresarnos. Todos decimos las mismas cosas, las decimos de la misma manera, nos repetimos en los mismos errores y nos reímos de los mismos chistes. Hemos alcanzado la uniformidad, tan distinta de igualarnos por la excelencia intelectual.
El lenguaje del orador es un lenguaje artificioso, muy elaborado, trabajado, lo que no equivale a rebuscado y pedante, sino cuidado, exigente, para dar apariencia de naturalidad improvisada a lo que procede de un largo trabajo anterior. Cuando los políticos alardean de emplear el lenguaje de la calle, quieren dar por supuesto que el lenguaje de la calle es de un nivel más bajo, más pobre, menos evolucionado. Quienes eso dicen suelen carecer de la preparación y de la sensibilidad suficientes para utilizar otro de mayor nivel, también comprensible y agradable de escuchar. Un político de alguna altura tiene la obligación de contribuir a elevar el lenguaje de la calle. Ese es el sentido que tiene el verso de Mallarmé, el poeta simbolista francés del XIX, referido a la misión del lenguaje poético: “Dar un sentido más puro a las palabras de la tribu”. El lenguaje de la calle está embastecido por el uso, sin otro afán que nombrar las cosas y etiquetar los sucesos. El llamado lenguaje de la calle no acostumbra a ser un modelo de claridad y sencillez, un prodigio de gracia espontánea, casi infantil, que son virtudes falsamente atribuidas a lo popular. Como si lo popular, en su sentido más genuino, no acabara identificándose con una reunión de compadres y de comadres. Hay que educarse para ser pueblo, pueblo con nivel, con estilo. Pueblo capaz de engendrar líderes con nivel y con estilo. Hablamos sin haber pensado, tampoco tenemos vocabulario para más, y a eso lo llamamos libertad de expresión.