Libros para ser libres

¿De qué escribimos esta semana? De lo mismo que la anterior, pero tratado con otra intención. Hay que escribir muchas veces el mismo artículo, pero no de la misma manera. En eso consiste el estilo, en escribir de lo mismo de otro modo. También hay que leer muchas veces el mismo libro, si es bueno, porque siempre lo leeremos de un modo distinto. Mejor eso que perder el tiempo en muchos libros que no nos enseñan nada, tampoco estilo. El pensamiento, si lo hubiere, viene en el estilo, envuelto en el estilo. El saber no es aburrido, aunque pueden hacerlo aburrido los sabios. Todo se ha dicho ya, incluso muy bien dicho, pero hay que volver a decirlo con otro tono, con otra música, para que no podamos poner la excusa de que no nos habíamos enterado. Nuestra única aportación, la de cada uno, está en el estilo. Cada hombre es su estilo. Eso es lo que hay que cuidar, el estilo. A eso enseña la oratoria. Ya lo iremos viendo.

Decíamos ayer que sin cultura no hay discurso. Sostengo que el orador debe saber muchas más cosas de las que va a decir, porque todo lo que se sabe, aunque no se diga, llena de calidad lo que se dice, le da fuerza y color. La cultura es pensamiento, no información. Y el pensamiento se construye con el lenguaje. Para adquirir lenguaje y pensamiento hay que leer. Leer lo que cada uno elija, lo que cada uno quiera, “sin dejarse impresionar por la reputación de los autores”, como recomiendo Borges. La lectura enriquece nuestro vocabulario y aumenta la capacidad expresiva. Nos lleva a reflexionar sobre lo leído, y en eso consiste el saber. Así se adquiere pensamiento propio, meditando sobre el pensamiento ajeno. De ese modo nos hacemos libres, aprendiendo a pensar por nuestra cuenta para evitar que nos manipulen. La lectura nos da de pensar y de sentir. Eso nos permite, intelectual y emocionalmente, no quedar a merced de los más fuertes o de los más inicuos. Una democracia de analfabetos desemboca en un gobierno de mediocres, que se impone por la debilidad cultural de la mayoría.

No hay que leer cualquier cosa ni de cualquier manera. La lectura debe administrarse en las dosis adecuadas y con productos de calidad. Como la bebida. Leer por leer, como beber por beber, es una claudicación de la inteligencia. Lleva su tiempo aprender a frecuentar el lento placer de la lectura. Como, en su caso, el lento placer de la bebida. Compatibles ambos, siempre que no se olvide que la lectura de Cicerón aprovecha más con una copa de menos.

La lectura tiene un inconveniente: supone un esfuerzo mental que no requiere el embobamiento televisivo. Y tiene una ventaja, que no todo el mundo valora: nos hace protagonistas de nuestra vida, no simples espectadores. Curiosamente, la lectura es un acto de soledad en el que se encuentran las mejores compañías. Gente que ayuda y no da la lata, esas son las amistades que hay que buscar.

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