De la vida diaria
Tendemos a descuidar el lenguaje en nuestra vida diaria, como si hablar bien no fuera una obligación de cada uno de nosotros, sino una habilidad reservada a los profesionales de la palabra: políticos, profesores, periodistas… Eso es lo mismo que descuidar el ejercicio físico con la excusa de que no somos deportistas de élite, o redactar con faltas de ortografía y de sintaxis, porque no somos escritores. Nosotros, el exigente público de conferencias y discursos, apenas reparamos en la falta de calidad de nuestro lenguaje cotidiano. Está en la naturaleza humana ser riguroso con los demás e indulgente con uno mismo. Esa actitud supone un obstáculo para el mejoramiento de la sociedad. Nuestra gran aportación al mundo no va ser el descubrimiento de las vacunas, sino el perfeccionamiento de nuestra personalidad. Deberíamos dedicar algún tiempo de nuestra vida al lenguaje, a ampliarlo, a cuidarlo, a usarlo con elegancia. Porque la afirmación de que nuestra inteligencia es lingüística abarca a todos los hombres, y no sólo a los intelectuales. El empobrecimiento lingüístico, lo he repetido en estos breves ensayos, es también un empobrecimiento psicológico.
Anunciaba en el artículo anterior que dedicaría el siguiente a poner algún ejemplo de incapacidad expresiva en la vida diaria. Aunque me alineo con quienes consideran que no hay nada más práctico que una buena teoría, en cumplimiento de mi compromiso aliviaré el texto de su carga reflexiva poniendo un caso práctico. Entre los jóvenes estudiantes no es infrecuente encontrar modelos de pobreza léxica, de vocabulario reducido. Sin negar su influencia en el habla popular y coloquial, resulta sorprendente que la más alta aportación de esos grupos a la filosofía del lenguaje haya sido esta explosión interjectiva, que reproduzco contando con la comprensión de mis lectores: “de puta madre”. Con ella se califica lo mismo el resultado de un examen que el carácter de un profesor, y se resume el juicio que al orador le merecen un libro, una película o una hamburguesa. Esa expresión sin matices, sin jerarquía intelectual y emocional, torpemente simple, resume el estado de ánimo de sus usuarios: nada tiene importancia, puesto que todo tiene la misma importancia. Todo es “de puta madre”.
El camarero, cortés y económico con las palabras, como debe ser un buen camarero, pregunta al cliente que acaba de entrar: – “¿Qué va a tomar el señor? – “¿Yo? Ah, sí… Esto… No sé… Sí… Bueno, pues… Realmente… ¿Qué hora es?… Sí, sí, claro… Bueno, pues, yo diría… ¿No le parece?… Yo… es que…pienso de que… Un café. Sí. Un café”. El cliente respira con ansiedad. Suda. Se retuerce las manos. No logra fijar la mirada. Tiene el aspecto de un hombre que puede derrumbarse en cualquier momento. Sin malicia, por pura profesionalidad, añade el camarero: “¿Solo o con leche?” Es demasiado para aquella inteligencia lingüística descontrolada. El cliente se derrumba y llora. -“Con leche, entonces”, interpreta el camarero. Y se aleja imperturbable hacia la barra.
En el año 2005, científicos americanos descubrieron que el genoma del simpático chimpancé tiene en común con el del hombre el 99% de la secuencia básica del ADN. A ningún camarero le sorprendería esta noticia.