La inalcanzable perfección

Dos años antes de la muerte de Vicente Aleixandre, nuestro Premio Nobel de Literatura de 1977, le preguntó un periodista: – “Don Vicente, ¿qué le gustaría que dijeran de usted, cómo le gustaría ser recordado?” Y respondió el gran poeta andaluz: – “Me gustaría que dijeran que fui una buena persona”. Y entre los lectores del periódico se hizo un silencio como de media hora, después de que don Vicente abriera el séptimo sello de la convivencia. ” Un hombre bueno que sabe hablar”, ese es el orador ideal, según Catón el Viejo, como veíamos la semana pasada. También Cicerón dice en Sobre el orador, por boca de Marco Antonio, que a sus cualidades intelectuales, el orador debe unir ser un hombre de bien. Y al comienzo del libro I de La invención retórica escribe: “la sabiduría sin elocuencia es poco útil para los estados, pero la elocuencia sin sabiduría es casi siempre perjudicial y nunca resulta útil”. En la sabiduría incluye ” el estudio noble y digno de la filosofía y la moral”. En el libro II de la Retórica, Aristóteles liga la credibilidad del orador a la posesión de las virtudes. Y dedica el título 1º al estudio de las pasiones. Podríamos decir que para una autorizada tradición filosófica conectada con la oratoria, los malos sentimientos son la forma que adopta la necedad en la vida de relación. De tal manera que a una mala persona no se le otorga confianza ni siquiera cuando dice la verdad.

La historia nos ha hecho escépticos, y ese ideal de bondad y talento que ha de caracterizar al orador, y a cualquier artista, y a cualquier persona también, nos hace sonreír con amargura, porque conocemos la realidad del mundo. Catón el Censor, en cuya definición de orador nos inspiramos, era un moralista estricto, exigente con los demás e indulgente consigo mismo. Avaricioso, vanidoso, cruel con sus esclavos, severo en hacer cumplir sus ordenes hasta el punto de inspirar temor. Pero un gran orador, se le llamo el Demóstenes romano por su elocuencia. Cicerón era jactancioso, encantado de sí hasta resultar muchas veces insoportable; sarcástico y burlón, gustaba de ridiculizar al adversario, y tan ávido de poder y gloria que eso le impedía razonar correctamente. Pero no ha habido un orador como él. Demóstenes no rehusaba el soborno, y fue condenado por corrupción; apasionado por el oro, dice de él Plutarco -de cuyas Vidas paralelas tomo estos rasgos del carácter de los mejores-, y cobarde en el combate, del que huyó ignominiosamente. Pero Cicerón lo admiraba como orador, lo consideraba el mejor.

Ese modelo de orador que propugnan los grandes maestros clásicos -sabio, elocuente y honrado- no ha existido nunca. Lo presentan como un ideal educativo, al que hay que tender. Pero la perfección es una meta inalcanzable. Y aunque no se conoce experiencia humana sobre el particular, alcanzarla podría resultar aburrido. Por eso, y para mantener la esperanza, pienso que lo importante es recorrer el camino de la educación con la actitud y la técnica adecuadas, pero sin que nos agobie el resultado. La obsesión por llegar a un lugar que no existe impide contemplar el paisaje, que es lo que hace ameno el recorrido.

No descarto volver a ocuparme en alguna otra ocasión de las buenas personas y su papel en las sociedades modernas. Avisaré oportunamente, por si algún lector no desea perder su tiempo en un asunto de tan poco interés práctico.

One comment

  1. #JoseCarlosAranda's avatar
    #JoseCarlosAranda · February 2, 2020

    A los que habría que añadir, quizás, a don Antonio Machado en su “Autorretrato”: “Soy, en el buen sentido de la palabra, bueno”. Gracias dobles, como siempre, por sus entradas cargadas de sentido común y buena sabiduría y por su reconfortante asistencia a la Mesa Redonda del otro día.. Pero sigo siendo un soñador que cree que aún es posible. “Educar en la elocuencia desde la bondad del corazón”, ya me conoces. Un fuerte abrazo, maestro.

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